19.8.20

Salento

“Los abuelitos de este pueblo me transmiten mucha ternura. O quizás sea todo en este pueblo y ellos son el reflejo de eso.
Me acuerdo particularmente de ese señor que iba caminando por las calles vendiendo unas flores amarillas frondosas y las llevaba así en la mano con orgullo.
Será de eso o de los perros pachorras que siempre duermen relajados en las aceras como si todo les pudiera pasar por encima que nada les quitará su paz.
O de los gatitos que aparecen simpáticos de todos lados y que vienen confiados a saludarnos con su ronroneo entre nuestras piernas.
O simplemente de lo bonitas que son las casas pintadas de todos los colores; o de las flores que las adornan.
O de todos los tonos de verde que envuelven este pueblo.
Y la temperatura que no llega a ser demasiado fría ni demasiado caliente.
Y la lluvia que viene de golpe, como ahora, y tan rápido se va como vino y pronto vuelve el sol, y las nubes magicas, y los arco iris.
O de los pájaros de varios colores que van apareciendo entre las ramas (o el grande condor en el valle).
O de la musica melodramática que nos lleva a otros tiempos, que se va escuchando aquí y allá, pero principalmente la que viene de ese bar mítico donde hombres se reúnen jugando cartas y snoker, o simplemente se sientan en su silla de todos los días y ven la vida pasar (la magica decadencia del confort de las rutinas). Y todo allí quedó parado en el tiempo.
O los señores que tocaban las guitarras y cantaban en el mirador, con la pasión de la juventud pero la opacidad de la vejez.
Y los sombreros y los ponchos.
El aire del campo.
Y los caballos que se escuchan pasar de tiempo en tiempo y que su sonido casi se confunde con el de una lluvia fuerte.
El olor a tierra mojada.

Los montes que desaparecen en el medio de la niebla. Las nubes que tocan la tierra.


La tierra y el cielo tan cerca.

El cambio constante.


Y la luna roja que se bajaba sobre los montes y que se avistaba desde la ventana.”











fotos de meiomaio


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Salento, Colombia

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